Mascando Lima
ojo con ese gerundio
Una taxista solía mascar hoja de coca para resistir sus turnos largos. Confiesa en cámara que lo aprendió de los niños de la calle: a los ambulantes chiquitos no les daba el cuerpo para vender todo el día, así que rumiaban esa pasta verde, junto con las avenidas numeradas y el sencillo bien guardado. Pronto dejó de haber trabajo como para seguir mascando coca; cada vez menos gente necesitaba que los lleven y eran menos aún los dispuestos a pagar por esa compañía. La conductora del escarabajo verde contaba todo esto mirando de reojo a la documentalista peruano-holandesa Heddy Honigmann, que llegó a Lima para atestiguar el boom de los taxistas, retratar sus carros, conocer algún hogar, grabar sus melodías y bocinazos, saludar a sus familias y oírlos llorar. Todo quedó grabado en una joyita llamada Metal y melancolía.

A inicios de los noventa, todo el mundo salía a taxear —profesores, actores, policías, funcionarios del Poder Judicial— y aquella era una Lima llena de escarabajos y ticos, un enjambre de bullas. Se veían rostros en las ventanas, sin lunas que opacasen sus colores y sin temor a tantos amigos de lo ajeno. Veinte años después, me veo en ese taxi yendo a comer a la casa de Mita. A mi mamá extendiendo la mano en Flora Tristán o en Constructores y consensuando una tarifa. Al taxista esquivando cústers en el Trébol, entrando por Circunvalación, volteando en Canadá, dejándonos en Villa Jardín. Pero nada de mi Lima rutinaria tiene que ver con la de Rosquita, Colorete, Cara de Ángel ni El Príncipe. Los imagino correteándose entre ellos por algún jirón, abanderando jergas, desgraciando gente. Todo eso siendo silueteados por Reynoso décadas antes en las páginas de Los inocentes.
Mi papá llama a Lima la tierra del más vivo y, sin embargo, Reynoso también repara en ella y en sus corazones pesados, jóvenes y mordisqueados por la maleantería. Se fija en los chiquitos que frecuentan los billares, que no tienen a dónde mirar, que caminan con el pecho encogido y los pulmones inflados.
Creo que Enrique Polanco pinta los cielos de Lima humeados de color fosforescente, como electrificados, porque así cobija los cielos de todos. Emula el color de la coca mascada, de la mercancía del niño comerciante, del carro de la taxista que ha olido la muerte y del que canta por un amor sin consumar. Ningún gris asoma en sus pinceladas, pero al verlas yo solo huelo esa niebla sucia, que no es navegante de las calles, ni palomilla de ninguna Quinta. Es un retrato incompleto, una media verdad: la inocencia sobreprotegida en la ciudad del dolor. Es como las farolas de Polanco, salpicones de luz rodeados de precariedad, como un corazón mordisqueado de inocencia. Ensambla bloques superpuestos, decaídos, como las gotas en Lima, que mojan sin querer y tanta cólera dan. Pasa que Polanco ha salido a la calle y se ha empapado de verdad.

En la película Días de Santiago, el protagonista está harto de ese enjambre de taxistas apenados y chiquillos maleantes, y se repite a sí mismo, como un mantra: “Sin orden nada existe”. Intenta hacer frente a todos los cielos que convergen y lo repelen. Pero cómo va a decir eso, si Lima empuja, revolotea, embiste, asalta, respira, solloza y existe —sin orden alguno— en mi recuerdo todos los días.
Cosas no horribles
gente casi lloro con este corto del new yorker.
aquí una dosis de anti-centralismo del buen librero.
ayer vi una película malísima titulada Eternity y mientras sufría esperando el final pensé en este cuadro de Hockney y sobre lo desconcertante del amor rutinario.
a veces el algoritmo de Instagram trae consigo cosas bien bonitas como este proyecto fotográfico de la peruana Aida Castillo Lagos.


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