Lo lejos
No sé qué tenemos los peruanos que nos encanta escarbar en la herida; reconocernos en nuestras sombras, izar una bandera que nunca ve la luz. Muerdo mi tostada y achino los ojos. El sol ondea en la punta del asta a las 8:30 de la mañana. Desayuno bajo la sombra primaveral, con un haz de calor engañoso: no pasamos de los 10 grados. En mis uñas asoman restos diminutos de cáscara de mandarina. Hace poco que practico la impaciencia: voy comiendo gajos mientras preparo el café y espero las tostadas. Compré como un kilo y ahora me esperan para que las pele pronto. Oigo crujir el pan entre mis dientes, saboreo el pavo. Mis labios escuecen; se secan y voy quitándoles capas. Pienso en ese pellejito del que tiro todas las mañanas. Mi soledad impera siempre, y más los fines de semana. Este último tuve fiebre, mocos y flema. No tuve a quién contárselo.
Camino por Pío XII con unas balerinas de suela finísima que un día se desintegrarán y dejarán de cobijarme de las baldosas frías. No puedo sostener la mirada de ningún transeúnte. Adelanto a un grupo de chicos de mi edad. Las plantas de mis pies titubean, ¿tengo pie plano? Levanto la cara, me pongo nerviosa. La superficialidad de mi paso por la vida. No sé si es mejor abrir o cerrar la boca, dejarla entreabierta, hablar sola, tararear en alto, cantar bajito. Mientras, sigo desayunando: tiro de los pellejitos de mis dedos, arranco los de mis labios. Todo termina en mis incisivos.
Hay un ruido en mis oídos al que hago caso cuando finalmente logro abstraerme. Es Hildebrandt en su programa del día anterior. En su editorial, cita a Vallejo: Jamás tan cerca arremetió lo lejos. Hace una pausa —imagino su ceño fruncido, atestado de lamentos— y suelta esa queja que nos congrega a todos. Nos arranca el pellejo, nos pela de frío. La primera vez que saboreé esa pena, Perú perdía contra Colombia —o Brasil o Chile—. Trauco salía por la izquierda, Aquino resolvía al medio, Cueva emergía todo el tiempo y aún no fallaba ese penal. Jugábamos bien. Hasta que empezamos a perder. Gareca cambió a dos centros, metió a Ruidíaz en el minuto 90. El Perú entero enfermó de cólera. Recuerdo caer rendida a la hendidura del mueble donde siempre se sentaba mi papá. Él daba vueltas por la sala desesperado, creyéndose DT, renegando, gritándole a la tele como si Cueva fuera a escucharlo. Yo, sin embargo, nunca he sido tan hincha. Aun así, ese día quise llorar.
La entrada a mi trabajo es una puerta giratoria. Entrar es siempre más desesperante que salir. Saludo a personas que acaban de intervenir a otras, sonrío a quienes me pagan, me asomo a los ascensores. Diviso camillas que bajan a quirófano, a pacientes que esperan resultados de una resonancia, a ejecutivos que se chequean el corazón. Identifico a cirujanos trasnochados, cruzo miradas con su cansancio y su pesar. Observo a psiquiatras de familia —me pregunto cómo serán las suyas, si hay algo de impostura en hacer oficio de lo que sucede en la intimidad—, a anestesistas que administran dosis entre la vida y la muerte, a enfermeras que corren. Un doctor me explica que tuvo que extirparle los ganglios axilares a una paciente y asiento como si supiera qué son, qué conducen o cómo operan los ganglios. En la pared se apoyan sus fotos con pacientes pediátricos ecuatorianos, peruanos, panameños. Las familias lo abrazan. Padres de niños trasplantados, curados: haces de caridad. Me habla de trasplantes de médula, de terapia de protones. Tengo vergüenza de preguntar cómo aparece un cáncer.
Paso largas jornadas cerca de lo que siempre estuvo lejos. Nunca padecí nada grave. Y, sin embargo, los nombres se cuelan en todos los pasillos. Está internada en la San Pablo, lo van a ingresar en la Montefiori, consiguieron una cama en el Almenara. Gente desesperada, atascada en una puerta giratoria. ¿Qué eres? ¿Paciente? ¿Doctor? De chiquita pedí un libro titulado Qué tengo de malo. Nueve años después, estoy a punto de saberlo. Me hacen una biopsia. Mis pies cuelgan de una camilla planísima, el frío penetra la piel sintética de mis balerinas. La sábana no tiene pliegues ni manchas, tampoco hendiduras, como si aquí no se hubiese sentado nunca un enfermo a la espera de su diagnóstico.
Trabajo en un sitio donde la muerte es la bandera que se guarda en la sombra, donde la gente paga por no morir, por alargar su vida hasta el invierno. Afuera, el sol barre las baldosas y las paredes del hospital. Su luz es benigna, como la bolita que llevo meses palpándome. El volumen de la herida.
Cosas no horribles
No me canso de pensar en Lima, tampoco de leer a Irene Vallejo.
He descubierto a alguien en una charla de periodismo narrativo. Es argentino y ganó el Premio Gabo con este reportaje.
Un matiz: no se dejen guiar por el título, fue el resultado de la terquedad de un editor.
¿Un horóscopo literario? Sí hay.
Leí a Carlos Peguer de un tirón. Ser adulto siempre es motivo de tristezas. Su texto es un recordatorio del primer mandamiento: tener algo que decir.
He repensado la idea que tenía de reescribir gracias a Giacomo Roncagliolo.



¡Me encantó!
Qué barbaridad leerte