Casera
Un 10 de noviembre en Leitza
Me pido un café con leche y un pintxo de tortilla. Tuca paga lo mismo y una copa de vino rosado. Pilar todavía es mi jefa y nos acompaña. Afuera hay unas seis vacas, bastantes cabras, un par de caballos, mucho maíz y alubia negra, varios quesos repartidos en puestitos y una mesa repleta de utensilios de caserío. Es mi segunda vez en la plaza de Leitza y traigo caras conmigo.
Las de los talos Saralegi empapan sus tortillas de harina bajo el toldo más grande, a pocos metros de nosotros, en la esquina de la plaza. Me veo hablando con ellas en el frontón de Latasa, meses atrás, preguntándoles qué es un caserío, un baserritarra, un talo, una chistorra. Me cuentan de Esteban Saralegi, de su vida en el caserío Arro, en Leitza, donde aún viven. Me enseñan la chistorra envuelta en la tortilla de maíz con sus manos de harina. Me las cruzo tiempo después en Bera, en Lekunberri, en Pamplona y hacen lo mismo. Comprendo que su presencia no es novedad para nadie, son lo conocido en cualquier extrañeza.
Las Saralegi provienen de uno de los ocho caseríos de Leitza, al igual que la mujer que vende queso de oveja en un puesto más chiquito de la plaza. Pilar me sugiere hablar con ella, porque es hija de mujeres baserritarras y vive del caserío. No logro imaginar una infancia allí, llevar de apellido el nombre de un caserío, pero la vida consiste en seguir indicaciones. Me acabo el pintxo y hago como que tomo notas en la plaza mientras escucho el timbre de voz de la mujer. Busco una pista. Negocia en euskera, conoce a todos los que se acercan a comprarle, pregunta por vecinos, hijos, primos, asiente mucho, da la mano. Le gusta conversar.
Cuando ya no quedan clientes, me mira de reojo mientras ordena los quesitos para degustar. No levanta la cara. Mi voz, agudísima, le pide un momento para responder unas preguntas. “No, perdona”. Sigue sin mirarme. Insisto: son dos minutos nomás, lo hacemos después, cuando todos se hayan ido, no quiero interrumpirla; si quiere, déjeme algún número, una tarjeta. Nada. Espero a un costado con mi expresión predilecta: los párpados caídos, las cejas preocupadas, la sonrisa débil. Me avergüenza no poder hablarle en su lengua materna y pronunciar distinto la otra que sabe.
Me tiembla un poco la barbilla, se me van a salir los dientes, me sobran los dedos. A ver qué cara le pongo. Me va a venir la regla. No entiendo el espacio que ocupo, desde qué lugar cuento aquello que no me quieren decir. Llega alguien del pueblo, le pregunta por su madre, se cruza el ruido de los cencerros, el rumbo del olor a chistorra.
Hace hambre y voy donde los talos. Me choco con Pilar. Ven, quiero que hables con Ana. Ana me saluda con dos besos, se acuerda de mí del día del chupinazo. Custodia una mesa con un mantel rojo que sostiene una docena de utensilios con nombres vascos. “Son todos de Sorobarren, de mi caserío”. Saca quesos, maíz, kilos de alubia negra. Negocia, empaqueta y cobra mientras conversa conmigo. Pregunta en euskera, responde en castellano. “Este año hemos tenido suerte con la alubia. De esto comió mi padre todos los días durante la Guerra Civil”. Me mira a los ojos y me asegura —como se lo aseguró él a ella— que nunca pasó hambre.
Se llamaba Miguel Sucunza y había sido un hombre del tiempo, le decían “el pastor de las témporas”. Predecía buenas y malas épocas para el cultivo y la caza. Solía recalcar la sencillez de su oficio; decía que bastaba con fijarse en lo que, si no corre, no existe: el viento. Registró entonces esas idas y venidas, cultivó, cocinó con los utensilios que ahora adornan la feria, y en su caserío crio vacas, más de cien ovejas y a cinco hijos.
Témpora es el tiempo de ayuno en el comienzo de cada una de las estaciones del año. Un tiempo ajeno, para recabar conciencia —¿cómo puede una acumular tanta? Está en mis párpados, en el sol que me los pisa, en algún kilómetro de todos los caminos. Está en los mimbres de la canasta de alubias, en el metal del kateko, en el bronce del almaize. Está en la mirada de Ana y en la de su hijo.
Todo lo que cargo y no puedo contar me acerca a María Zambrano. "La memoria está siempre ahí, viviente; no descansa”. Me recuerda que no hay algo así como “un alma limpia y desprovista de inscripciones, de huellas, de sombras”. ¿Qué traigo yo a Leitza de un pasado tan oceánicamente lejano?
A la vuelta, Tuca conduce con sosiego. Le sentó bien el vino rosado. Llegamos a Pamplona, escribo, y cuando me siento ineludiblemente ajena, Pilar me lee y me pregunta: “¿Esto qué significa?” Me hunde el resentimiento, me clava la curiosidad, deja todo enterrado. Ningún daño asoma en mi súplica, en la mirada de reojo, en la incomprensión.
Tiene algo de bueno pensar, de vez en cuando, en la vida recién quitada —como llama Zambrano al pasado que acaba de ser—, porque cuando nada alumbra y el viento llora, todo es posible con el recuerdo: creces en Leitza, balbuceas euskera, te crían junto a ovejas y vacas, vendes talos, eres una sexagenaria en un caserío. Te cuentan vidas que fueron y de las que encuentras rezagos. Puedes contar, pertenecer a donde llegaste crecida.
Cosas no horribles
No he leído a Pol Guasch, pero da mucha paz escucharlo.
Estoy leyendo Delirio y destino de María Zambrano gracias a las Punzadas.
bueno he estado bien floja este mes…no tengo grandes recomendaciones. Me llamó la atención esta obra de teatro en Madrid.
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